Las luces

Después del beso, lo único que le apetecía era que el autobús atravesase rápido la ciudad para llegar a casa, ponerse el pijama, tirarse en la cama y perderse en el recuerdo de aquel momento mágico hasta el día siguiente, cuando habían quedado para su primera cita.
Todo aquello era un poco loco, pero qué maravilla. Del pánico absoluto a atreverse a decirle nada había pasado a la estupefacción más profunda al ver que él no solo le correspondía, sino que le plantaba un beso arrebatado y feliz en mitad de la parada llena de gente. Y eso que ella había decidido pedírselo en el último momento, antes de que llegara el autobús, por si acaso decía que no que así tuviera dónde correr a esconderse. No se le había ocurrido pensar que diría que sí, y que en ese instante maldeciría la llegada de cualquier cosa que la alejase de los brazos de él, como en las películas antiguas. El consuelo, se consoló, llegaría en catorce horas. Aunque ver la sonrisa de él al otro lado del cristal mientras el autobús se alejaba era suficiente alegría para el resto de la vida.
El autobús ya había abandonado el barrio y se había introducido en la avenida que conectaba con la vía principal cuando de repente se dio cuenta de que estaban parados, y llevaban así más de lo normal para lo que acostumbraba aquel semáforo. Hacía esa ruta dos veces al día y tenía el itinerario grabado en su reloj interno.
El conductor apagó el motor sin decir nada, dejó abiertas las puertas y bajó. Afuera no se escuchaban los murmullos típicos del chismorreo de un accidente, ni ambulancias o sirenas de policía. El silencio, en la hora punta, sobrecogía.
Se recolocó la bufanda y bajó, sin rastro del conductor. Afuera habían parado los coches y casi todos había salido afuera para mirar al cielo recién anochecido al que todavía le quedaban restregones del rojo del atardecer. Allí arriba, pero no demasiado, había tres luces ligeramente anaranjadas suspendidas sobre la ciudad. Giraban lentamente sobre un eje central invisible. Y a lo lejos, de un lugar indefinible, llegaba a los oídos de los concurrentes el lento avance in crescendo de un sonido que se hacía cada vez más agudo. Como algo que poco a poco se estuviera calentando.
Los que estaban cerca de ella, algunos del autobús que habían decidido bajarse también, susurraban desconcertados. Se acercó a preguntarles, o al menos a pedir compañía, cuando un grito sordo de asombro inundó la avenida de coche parados: acababan de aparecer otras tres luces al lado de las primeras. Ella no las vio llegar, pero ahora subían y bajaban a tal velocidad que en las entrañas de los espectadores surgía una certeza de que no estaban ante nada conocido.
Ella quería irse a casa a descansar. A esperar al día siguiente. Pero entonces el sonido aquel cesó y una columna de luz les pasó por encima hasta un punto más allá de donde les alcanzaba la vista, al final de la avenida, cerca ya del centro de la ciudad. Allí donde acababa la columna, unos segundos después, una explosión les cegó unos instantes y les hizo empezar a correr.
Ella se preguntó si habría cobertura para llamar a su chico.
Vaya, era el fin del mundo, pero qué ilusión le hizo poder decir eso.